




Cuando entramos en la intimidad de la fiesta del carnaval según la tradición europea, y recogida luego en los festejos carnavaleros del Río de la Plata, aparecen tres “máscaras” –personajes en términos teatrales, como seres de carne y hueso– que cumplen una función clara y precisa dentro de la Comedia del Arte. Nos referimos a Arlequín, Colombina y Pierrot, que han sido ampliamente difundidos en los medios populares y en todas las artes y que, seguidos de cerca por una docena de otras máscaras, completan el árbol genealógico de la “humanidad y media”.
Arlequín, príncipe de los infiernos, encabeza esta “trouppe” cumpliendo su función en este mundo como conductor de las almas a su lugar de purificación en los infiernos para después sí entrar en el reino de los cielos, trámite que ni Cristo eludió. Este Arlequín es infaltable en toda procesión carnavalera, más aún murguera, y es representado con movimientos eléctricos, brincando como si no pudiera mantenerse cómodo en la planta de los pies, bailando y cantando frenéticamente en derredor de la otra protagonista (en realidad todas las máscaras lo son) de la comedia: Colombina.
Palomina, etimológicamente hablando, es la más sensual de las mujeres, la Pachamama, Eva, que representa la fertilidad y la procreatividad que anhelamos para nuestra semilla. Colombina, con sus movimientos voluptuosos y atrevidos, enfundada en un vestido rojo hoguera en el que, secretamente, todos, hombres y mujeres, quisiéramos caer, es capaz de dar calor al último de los protagonistas que hoy nos ocupa: Pierrot.
Variantes de su denominación francesa lo son Pietrolino, en italiano, y Pedrolino en español. Sin embargo todas ellas designan a un hombre blanco de pies a cabeza, de melancólico y dulce cantar, que expresa con suaves movimientos de danza en torno a su eterno imposible amor la injusticia de no haber podido disfrutar de los placeres de la vida. Él representa la humanidad que, ya muerta, revive a la espera del inapelable juicio final. Piedrolino nos evoca sugestivamente la terminología evangélica: Pedro, la pétrea base donde debería descansar la iglesia; el óleo de lino con que unge su cuerpo, o la humilde fibra de la que está hecha su vestido.
Está tríada especular de máscaras en las que nos miramos en cada gran fiesta del carnaval, es también un ámbito de purificación, una lúdica peregrinación por los “crisoles del infierno…” para entrar en el reino de la luz, en el reino de los hombres, en el reino de los héroes, en el reino que vosotros siempre habéis llamado el reino beatífico del cielo, decir de León Felipe.